jueves, 9 de enero de 2025

Mi ciudad, cuarenta años después

Nocturno de Puente Alcolea

[…] Algún día

se pondrá el tiempo amarillo

sobre mi fotografía.

Miguel Hernández

 

Como la última estrofa

del poema primero

de El rayo que no cesa,

el tiempo pasa rápido,

como un cuchillo

volando —hiriendo—

sobre nuestra vida.

 

Poco queda de mi infancia

en un mundo que se gasta

en combustión desaforada.

 

Las calles convertidas

en museos abandonados,

fósil tributo a la memoria

y a la ciudad que eras

mas ya no eres.

 

No puedo reconocerte

en los adoquines

ni en el asfalto que los soporta

ni en una anterior capa

de adoquines que, como estratos,

sostiene el peso de la historia.

 

Han desaparecido ya tus fábricas,

tus largas chimeneas

y los olores de mi infancia.

Todo es ruina y, si acaso profundizo,

monserga postmoderna.

 

Uno te camina con la sensación

de saberse extranjero,

apátrida

de su propia casa.

 

Solo quedan ya las piedras,

los montes imperturbables,

aunque desnudos

de ilusiones níveas,

para recordar que, al levantar el vuelo

con la mirada, todo

—como dijera Ajmátova—,

visible o invisible,

con seguridad me sobreviva.

29 de agosto

Petricor

lo llaman,

neologismo

sacado de la manga

que, al menos,

tiene la virtud

de sonar bien

y, a finales

del tórrido verano,

 la de oler

de maravilla.

martes, 24 de diciembre de 2024

Minoría (revisited)

 Hace años, 

en otro poema,

escribí:

 

Se subestima,

con frecuencia,

el poder

del individuo

simple,

llano,

cabreado.


Pues bien,

imagina ahora

qué puede pasar

si nos juntamos.

martes, 17 de diciembre de 2024

martes, 10 de diciembre de 2024

En respuesta a Ramón Eder

 Es ley que los que prometen mucho dan poco, pero los que prometen poco, por lo general, no dan nada.

La casa de mis padres

Nací sobre una constelación de tejados humildes,

un mar ferruginoso y penachudo

del verde de los líquenes y las uvas de gato,

un mar bermejo sobre el que caía la lluvia

indiferente a la miseria de los obreros en huelga.

 

Crecí sobre una plétora de tejados solemnemente traspasados

por las largas chimeneas de ladrillo

que desprendían humos que olían a tintes

–y a urdimbres y a telares acariciados por el huso–,

tintes verdinegros que antes de sublimarse contaminaron ríos

 de líricos nombres.

 

Pertenezco a los mismos tejados que los huidos, los topos y los maquis.

Bajo tus tejas carcomidas se yergue la ciudad exangüe que agoniza.

Sobre tus tejas el gato Gengis contempló por última vez la luna.

Bajo tus tejas agrietadas, humedad de goteras y esteleos.

Sobre tus tejas pasé de niño a hombre, soñé un futuro y vi cometas.

Bajo tus tejas mi madre y mi padre engendraron un día esta vida.

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