Sólo pueden conocerme
los que se sulfataron en los avernos de la soledad.
Un blog para todos y para nadie (expulsado del exilio de los Paraísos Amnióticos)
sábado, 11 de diciembre de 2010
jueves, 9 de diciembre de 2010
Sentencia nº4 (La Dolce Vita)
Soy un poeta,
un hortera
un Mastroianni derramando las plumas de la almohada.
un hortera
un Mastroianni derramando las plumas de la almohada.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Música (o lo que sea) II
Aquí va otra entrega, esta vez es un country blues y una improvisación magrebí difícil de clasificar. Por un Sahara libre!!
Country blues
Masskina Sahara
Country blues
Masskina Sahara
Deudas
Debo tanto. Os debo tanto, debo tantas cosas. A tanta gente.
Debo una canción horadada, un poema de amor, un cuento de piratas.
Una risa sin ironía, una carcajada sin maldad, una caja con gusanos de seda.
Una melodía sin tempo establecido, serpenteando por mis ojos.
Un domingo de nieve y chocolate con churros.
Una noche de lanzar monedas en la fuente
Una tarde de pasear bajo la llovizna
Un duelo de paraguas, un caminar apegados a él
Unas semillas de cannabis sativa
Un sueño, una mirada
Una vida feliz, un sonreír a vuestro lado.
sábado, 4 de diciembre de 2010
El orador horadado (Capítulo 11º)
La mañana amaneció despejada aunque fría. El horador tinta sus versos con alprazolam 1mg, regado con café austero y sin azúcar. Halprazolam, haustero, hazúcar.El horador siente el vacío de cada día, como el padrenuestro.
Un alma horadada, acribillada, con tantos orificios que es incapaz de retener los fluidos de la felicidad o la tristeza. Todo el mundo sabe que son fluidos, nadie hay a estas alturas que lo dude, que fluyen a su manera y a su antojo, un fluido negro, otro blanco. El ying y el yang hace ya tiempo que no se dejan ver por el alma del horador. Un alma vacía a la fuerza, las pasiones atraviesan los horificios como los áridos por el tamiz, sólo que en esta criba nunca hay restos. El horador, horadado, es incapaz de contener, continente inútil, algún rastro de ilusión o desesperanza. Nada, vacío, vacuo.
Fingiéndose despreocupado, aunque reticente, se dirige hacia el piano. Se sienta en la banqueta, arpegiando un Si menor, una, dos, tres, cuatro veces descienden las notas, continua en La mayor. Repite la estructura bajando una octava, una, dos, tres veces.
-¿Por qué, por qué este vacío? ¿Por qué poeta solitario?- se interroga el horador.
-Tal vez sea la lección que debas aprender, todo pasa por algo.-espeta sin pensárselo el piano.
-No lo creo.-contesta el horador, sin preocuparse excesivamente por la novedad de estar hablando con un piano-Sencillamente estoy aquí, solo, vacío, pero dudo que pertenezca a un plan preestablecido.
-Tienes que aprender a estar solo porque, aunque lleves así toda la vida, nunca has aprendido nada. Hasta que no asimiles la lección no pasarás de curso, en una dialéctica que entiendas, antiguo profesor.
-No.-renegaba el horador- Buscar razones, causas externas es absurdo, estoy vencido porque estoy vencido, ha surgido así. Si aprendo algo de ello es porque yo quiero, no hay dios, destino ni karma que me traiga por estos derroteros. Es otra vez nuestro ansia de clasificar, de ordenar, de explicar lo que no tiene explicación, relaciones causa-efecto falaces para darle un sentido al desconcierto. No lo tiene. Lo demás es egocéntrico y peligroso.
-De acuerdo, como quieras. Tú sabrás.
Así habló el Piano.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Sin prisa
Déjame enamorarme de ti
sin aspirarte
déjame hacerte feliz
sin aspavientos
déjate conocer profundo
sin desnudarte
déjame mirar tus ojos
sin poseerte
déjame clavar mi abrazo
en tu sonrisa
déjate mimar por mí
y sé mi musa.
sin aspirarte
déjame hacerte feliz
sin aspavientos
déjate conocer profundo
sin desnudarte
déjame mirar tus ojos
sin poseerte
déjame clavar mi abrazo
en tu sonrisa
déjate mimar por mí
y sé mi musa.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
El orador horadado (Capítulo 10º)
-¿Quiere usted el desayuno?-preguntó María Cobarde
-El imperialismo es lo que tiene, que nos roba las paredes. –continuaba el orador, sin prestar atención, imbuido en su discurso.
María Cobarde se afana en limpiar el óxido que roía las ventanas.
El reloj está parado sobre una mesa de despacho, un dragón en la ventana, parpadea la criada. El mitológico reptil grita con fuerza, María Cobarde duda, no hay altura suficiente. Escupe en la taza de café del orador, y arrepentida la empuja hacia el vacío.
-En seguida lo recojo. Puedo prepararle otro si quiere.
El orador contesta a su manera, con un leve gesto de cabeza.
No sabe qué le pasa, quizás está cansada, sintió ganas de tirarse, continúa trabajando, de altanera a cabizbaja. El río fluye más abajo, se escuchan los ecos de los ensayos de la banda.
Ahora cesan los acordes, tal vez se dieron cuenta de que pudo haber un muerto, pero no encontró las ganas.
La mañana prosigue su paso, los pájaros revolotean sobre las copas de los álamos del paseo fluvial. Una criada desesperada, que aún ama al orador, con tendencias suicidas, que no se decide, por cobardía, a acabar de una vez por todas con su dolor, con todo, es menos pusilánime que el orador, cobarde entre los cobardes, que no se atreve a admitir cuánto la ama.
Los vencejos estivales habían cedido ya el testigo a las aves nivales, los córvidos, urracas y cornejas que graznaban con desgana. María Cobarde sentía envidia de los árboles, que iba desnudando el viento, e imaginaba al orador desabrochando las hojas de su blusa. Una leve desidia era lo que le devolvía la realidad. El orador jamás se atrevería siquiera a fantasear con ella, caminaba por la vida como un fantoche santurrón, miraba a las mujeres como a delicados ornamentos inmaculados, a los que no se permitía desear. Todo podía ser perfecto entre ellos, mas la cobardía les estaba cocinando la renuncia. Si hubieran luchado mínimamente, si hubieran traspasado la última frontera, habrían llegado a ser felices.
La urraca pica en su cuarzo rosa, María Cobarde se corta las uñas, el tiempo pasa despacio, las doce y veinticinco en el reloj del campanario.
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