miércoles, 29 de diciembre de 2010

Sentencia nº6

Cada mujer que tuve que olvidar

          es como uno de esos frascos vacíos
                                           
                                                        de perfume

                         que colecciono 
                                                       para nada.

domingo, 26 de diciembre de 2010

El orador horadado (Capítulo 16º)

El horador enfila sus pasos con decisión a través de la avenida. Las luces de sodio le dan al aguanieve un tinte mortecino, una atmósfera de cuento romántico, una acuarela lamida por un charco o un óleo de Caspar David Friedrich.


El horador no lleva paraguas, pues tiempo ha que acostumbró su piel al frío y la llovizna. Las calles atestadas de gente, aunque parcas en humanidad, delatan la proximidad de las fiestas navideñas. Arrastrando las bolsas de su compra, por fin, como un pelele embutido en su desgastado abrigo, cuando ya se disponía a volver a su cubil, deslíe en su cabeza la idea de comprar un regalo. Nada extraño siempre que pasemos por alto el hecho de que no tiene destinatario. 


Los pies del horador, aún más decididos, no sabemos por qué, atraviesan el umbral de la vieja librería. Un viaje en el tiempo a una época de papel sin brillo, tapas de cuero y arañas alumbrando desde el techo, pendiendo de su tela, es lo que nos aguarda tras la puerta.
El dependiente, con lustroso traje que contrasta con su alba barba descuidada, escruta la mirada del horador queriendo decirle sabía que volverías, tarde o temprano. Sin articular una sola palabra se pierde en la oscura y lóbrega trastienda, para volver pasado un tiempo, con una primera edición de Rayuela, dedicada por Cortázar. Un silencio compartido finaliza la transacción en lo acordado hace ya tantos años, un trato es un trato, al fin y al cabo. 


El horador se deja mecer de nuevo por la tierna llovizna, sabiéndose poseedor de un tesoro inigualable, un regalo sin dueño, un poema sin destinatario ni remite, como ese domingo que no nevó. O eso nos ha hecho creer a todos este tiempo. Los ojos grises de mujer de ese sueño recurrente, ésos son los únicos herederos de su fortuna.


El horador sonríe pícaramente para sus adentros, de vuelta a su hogar, perdido entre la niebla.

viernes, 24 de diciembre de 2010

El orador horadado (Capítulo 15º)

El horador se folla un blues en Re menor, sentado al piano. Y no es tarea sencilla follarse un blues, pero el horador tiene experiencia sobrada en este campo, pues ha follado con la muerte, la soledad y con el viento.
 
Watching you baby

watching you all the time
 
-¿Por qué, viejo profesor? ¿Por qué buscas el dolor? ¿Por qué razón nos castigas con este blues? No deberías sumirte en una música tan triste, no.
 
- Para ser un piano no tienes mucha idea de música-responde ofendido el horador- El blues es un estilo que abarca todos los sentimientos. Puede llegar a ser una de las músicas más sensuales. ¿Sabías que la blue note, responsable de la sonoridad característica del blues, estuvo vetada a los compositores durante siglos por los poderes eclesiásticos, pues incitaba a la lujuria y la depravación, al pecado en una palabra? Uno de mis antiguos profesores siempre contaba este tipo de historias. Llegó a obsesionarse con la sonoridad de lo que él llamaba depravación y miseria hasta tal punto que se volvió loco. Buscaba la autodestrucción como musa, los ambientes obscenos, la muerte como compañera ocasional, y el alcohol como amigo inseparable.
 
-¿No serías tú ese viejo profesor?
 
-Quizás en otro plano de existencia, en un extraño background, parte de él fuera yo, y, probablemente yo habría acabado del mismo modo de no ser por mi eterna cobardía. 
 
-Tengo la impresión de que al perder la cordura, tú pasaste a ser el viejo profesor. Debes buscar la salvación o la perdición absoluta de una vez por todas. Él asumió un camino. Busca el tuyo. Deberías probar a asomarte al abismo de unas pupilas de mujer. Dejarte abrasar por el fuego hasta consumirte, por el simple placer de haber ardido.
 
-No te falta razón en tus desvaríos. Sueño cada noche con unos ojos grises de mujer. No te falta razón.
 
-Estoy convencida de ello.

Así habló el piano.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Sus vergonzantes señorías

-¡Zapatero, no nos falles!- el vocativo no presagiaba nada bueno. Había desconfianza desde el principio. No me extraña. La media sonrisa delataba al sonriente, sonriente no como mero adjetivo, sino como complemento agente. ZP, petazetas, socialistos.

Un gobierno de izquierdas, jajejijoju, que anula la ayuda a los parados, que pretende subir la edad de jubilación a los 67 años, cuando sus vergonzantes señorías, esas putarrancas, ellos y ellas, no nos engañemos, pueden disponer de la pensión completa de un diputado, imaginénse la cuantiosa cuantía, valga la redundancia, con apenas once años cotizados. Que suben el IVA, la manera más injusta de subir los impuestos, ya que no tiene en cuenta el poder adquisitivo del tributante. Que sube un 10% la luz. Que, ahora sabemos, puede decretar el estado de alarma, o el de guerra, el marcial, o el marciano, cuando consideren que alguien está cometiendo el delito de sedición, ni más ni menos, traición a la patria, vamos que cuando se les ponga en la punta de los cojones. Que tiene la bajeza moral de robar al que menos tiene, de descontar, por ejemplo un 18% para el IRPF de la nómina de un mileurista, que obviamente se queda en ochocientoseurista. Sí, ese ex-mileurista es mi padre.

Un gobierno que defiende la cultura, comerciando con ella, conviertiendo a los artistas en mercenarios, cuando no meretrices, esbirros de la SGAE, grandes perseguidores de la piratería. "Esta juventud se ha acostumbrado al todo gratis". Y desconfían del artista que crea arte por el arte, sin esperar retribución, ese seguro que ha pasado muchas noches en calabozos. No olvidaré jamás mis tiempos cantando nuestro tema Patente de corso a ritmo de ska, con mi banda, y cagándonos en la SGAE, defendiendo la "piratería" desde el escenario. Ellos son los auténticos piratas, con patente de corso, por supuesto, para robarnos a todos. Los mismos que defendían en su programa electoral la bajada del impuesto sobre bienes culturales, y que recibieron el toque de atención de la comisión europea.

Los mismos que aparecen en los papeles de wikileaks haciendo la vista gorda ante los vuelos de la CIA, ante las torturas, ante el asesinato de Couso, tan interesados en el cierre del caso "cuanto antes". Los mismos que están orgullosos de haber retirado las tropas de Irak. Grave error el de no distinguir gobierno de estado, muy peligroso, el estado soy yo, hostias de qué me suena esto.

Cuánto le queda a la pandilla esta que va con el capullo en la mano para promulgar leyes como la de Alicante de requisarle la limosna a los mendigos, para acabar con la mendicidad dicen los populones que malgobiernan la ciudad, aunque una sonrisita similar a la de petazetas diga por lo bajini "y para llenar las arcas municipales".

Sólo, sí con tilde, por dios, que también tiene tela lo de la nueva ortografía, pero eso es otra historia.

Sólo me resta decir: País.

sábado, 18 de diciembre de 2010

El orador horadado (Capítulo 14º)

La primera vez que el orador tuvo consciencia de su calidad, o deberíamos decir cualidad, de horadado fue a los pocos meses de desaparecer María Cobarde. Sí, tardó meses en extrañarla y comprender que ya no estaba, mas no hacía otra cosa que incubar la enfermedad de la que ya era portador, aunque no se manifestaran los síntomas, un mal incurable, que lo roía por dentro, una carcoma del alma que le privó de toda afirmación humana y lo dejó horadado hasta el athman. Sin palmaditas en la espalda, qué creía, sin otro ser humano en cuyo hombro apoyar su llanto metálico, sin pecho desnudo en que dormir la siesta, sin manos que acariciaran su pelo o su barba, sin brazos para sus abrazos, barriendo día tras día el aserrín de su aliento. 

La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar.- canturreaba Silvio en la vieja radio cada tarde, el muy traicionero. El orador, que ya se sabía horador, aguantaba los envites en la penumbra de sus tardes. Y hubiera sido fácil hacer girar la rueda que arrastraba, piñón-cremallera mediante, el dichoso dial de la emisora, pero el horador, como la polilla que algún día conocerá, gozaba muriendo lentamente, arremetiendo contra el bulbo del farol. 


El tiempo todo lo cura. Salvo la muerte, apostillan los morbosos, y el amor del horador no iba a ser menos. Pero, claro, los morbosos tenían su parte de razón, la paulatina e inexorable pequeña muerte del horador, no tenía cura, seguía su runrún constante. 


Nadie bebía de sus pestañas, ninguna mujer suspiraba coplillas de amor por su persona, si siquiera los semáforos le devolvían su guiño cómplice. Comenzó por ponerse metas pequeñas, que iba rebajando a medida que las intuía inalcanzables, escalón tras escalón hasta el sótano del subconsciente. Sus aspiraciones contrastaban con la realidad, que le volvía la espalda. Y horadado cual esponja, se dejó flotar en el mar apaciguado de su discurso, haciendo el muerto.

martes, 14 de diciembre de 2010

El orador horadado (Capítulo 13º)

El horador surca los cielos con su escopeta bien cargada, sabiendo dónde apunta. En un momento dado una mancha oscura interrumpe su visión de la nebulosa de Orión, a la que ha vuelto, cautivado. El horador parpadea pero la mancha persevera. Confuso, retira su ojo abierto del visor y busca en el cielo la causa de su ceguera, mas ahí está su nebulosa, en su sitio, donde debe. El porqué ha de buscarlo más cerca, una curiosa polilla que se asoma al ojo del cañón del telescopio.

-Estúpida polilla, en lugar de mirar al firmamento, mira hacia dentro del telescopio, qué esperará encontrar.-desconoce el horador que cada noche de su vida el lepidóptero tuvo el cielo como manta y las estrellas como alcoba, pero es la primera vez que ve un artilugio como éste.

Aterido y encogido, el horador decide que ya está bien por hoy, no sin antes respirar por última vez el aire de su noche, aderezado con el humo lejano de alguna chimenea de leña. Cuando llega a su cubil descubre, asombrado, que la polilla sigue ahí, admirando el invento galileano. Al encender las luces todo cambia, y el insecto abandona a su primer amor, dejándose cegar por el fulgor de aquél que no le dará otra cosa que la muerte. El horador comprende, realizes, que todos somos un poco como esa polilla. Nos dejamos seducir por las lentejuelas, los brillos irisados y las incandescentes mentiras, que tarde o temprano se acabarán convirtiendo en dolor, en renuncia, en muerte.

Incansable, la polilla embiste a la bombilla, ignorante de que jamás alcanzará su filamento, todo lo más dejar sus fluidos pegados en el vidrio, y la vida en el intento. Por qué, por qué razón seguimos dando cabezazos cada día a la pared del sufrimiento, por qué buscamos incansables aquello que sabemos que nos daña, por qué te busco, como aquel loco que brotara de la mente de L. Felipe Comendador, con la esperanza de no encontrarte.

El horador recuerda a sus amigos de juventud, pobre Luke, hace poco se enteró de que se había agujereado la cabeza, ni Edmund ni Adelaida pudieron hacer nada para evitarlo. A cada momento acercaba insistentemente el pistolón a su sien, como la polilla a la lámpara. Mejor ejemplo imposible, quod erat demostrandum.

La polilla, por supuesto, yace achicharrada al pie de la lámpara, como todos nosotros, tarde o temprano.

domingo, 12 de diciembre de 2010

El orador horadado (Capítulo 12º)


El cielo límpido, cristalino, arrasado por el frío ya casi invernal, es el mejor, indudablemente, cuando tratamos asuntos astronómicos. Amén de que los motivos celestes son mucho más atractivos que los del estío. Eso al menos es lo que opina el horador, que ya sea por esta razón o porque como vemos últimamente, se siente más nostálgico de lo habitual, ha decidido desempolvar su viejo telescopio refractor, esto es, construido con lentes y no con espejos, para subir sin ser visto a la azotea y enfrentarse al firmamento.

El recuerdo de su padre, fanático del cielo, y de su niñez, admirando aquellos tesoros brillantes, solamente accesibles a los observadores, permanece indisoluble en su memoria.
Las noches sin luna, como ésta, son las más propicias para contemplar el espectáculo del cosmos. Al contrario de lo que piensan algunos, el satélite selenita es casi siempre un estorbo, pues la luz, muchas veces, es la que nos impide ver, y no la oscuridad. 

El cúmulo de las Pléyades, primera víctima que encañona el horador, se muestra displicente, con una luz mortecina que aúna cada uno de los puntitos brillantes que lo forma. No pueden dejar de pasar por el objetivo de este francotirador intergaláctico la galaxia de Andrómeda, cercana a la constelación de Casiopea, la nebulosa de Orión, nunca jamás se verá en ningún rincón del universo una luz como esta, Saturno con su perceptible anillo de casado, lástima que el tiempo le haga devorar al hijo fruto de este matrimonio, Júpiter con sus múltiples y visibles satélites, y volviendo a la región circunpolar, el motivo celeste favorito del horador. Nos referimos, por supuesto, a esa estrella que no es una estrella, escondida en la yunta que tira del Carro, la pareja Alcor-Mizar, estrella binaria, para el horador culmen de la lógica celeste. Este sistema binario siempre hizo creer al horador que el equilibrio lo guarda la pareja, ninguna asociación es más perfecta que la formada por dos elementos que se compensan. No deja de sorprendernos este horador, ahora resulta que es un romántico. Y lo peor es que lo piensa desde la primera vez que su padre le mostró la estrella binaria de la mayor de las dos constelaciones úrsidas, cuando aún no era más que un niño. La vida en pareja-se dice el horador- es mucho mejor que este vacío. A cuántas unidades astronómicas se encuentra de mí, astro solitario, la siguiente estrella.

El horador sabe que asomarse al cielo nocturno es viajar en una máquina del tiempo hacia el pasado, miles, millones de años. Observamos los astros tal y como eran en el momento que esos fotones partieron de ellos, recorriendo millones de kilómetros durante miles de años para incrustarse hoy en nuestra retina. A saber cuántos de ellos siguen existiendo en este momento. Aunque nos llegue la luz que enviaron hace un millón de años, muchos seguramente ya no estén donde los vemos. El horador se siente pequeño, infinitesimal, cada vez que reflexiona sobre esto. Y no puede por menos que acordarse de la muerte, de lo insignificantes que somos, y de lo corta que es la vida, para andar malgastándola con desencuentros, mentiras, o con la peor de todas las renuncias, la cobardía, la que le dejó en este estado de postración existencial.

El horador horada el firmamento, y es la primera vez en meses que siente algo parecido a la alegría.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Sentencia nº5

Sólo pueden conocerme 


los que se sulfataron en los avernos de la soledad.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Sentencia nº4 (La Dolce Vita)

Soy un poeta,
                 un hortera


un Mastroianni derramando las plumas de la almohada.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Música (o lo que sea) II

Aquí va otra entrega, esta vez es un country blues y una improvisación magrebí difícil de clasificar. Por un Sahara libre!!

Country blues



Masskina Sahara

Deudas

Debo tanto. Os debo tanto, debo tantas cosas. A tanta gente.
Debo una canción horadada, un poema de amor, un cuento de piratas.
Una risa sin ironía, una carcajada sin maldad, una caja con gusanos de seda.
Una melodía sin tempo establecido, serpenteando por mis ojos.
Un domingo de nieve y chocolate con churros.
Una noche de lanzar monedas en la fuente
Una tarde de pasear bajo la llovizna
Un duelo de paraguas, un caminar apegados a él
Unas semillas de cannabis sativa
Un sueño, una mirada
Una vida feliz, un sonreír a vuestro lado.

sábado, 4 de diciembre de 2010

El orador horadado (Capítulo 11º)


La mañana amaneció despejada aunque fría. El horador tinta sus versos con alprazolam 1mg, regado con café austero y sin azúcar. Halprazolam, haustero, hazúcar.El horador siente el vacío de cada día, como el padrenuestro.
Un alma horadada, acribillada, con tantos orificios que es incapaz de retener los fluidos de la felicidad o la tristeza. Todo el mundo sabe que son fluidos, nadie hay a estas alturas que lo dude, que fluyen a su manera y a su antojo, un fluido negro, otro blanco. El ying y el yang hace ya tiempo que no se dejan ver por el alma del horador. Un alma vacía a la fuerza, las pasiones atraviesan los horificios como los áridos por el tamiz, sólo que en esta criba nunca hay restos. El horador, horadado, es incapaz de contener, continente inútil, algún rastro de ilusión o desesperanza. Nada, vacío, vacuo.
Fingiéndose despreocupado, aunque reticente, se dirige hacia el piano. Se sienta en la banqueta, arpegiando un Si menor, una, dos, tres, cuatro veces descienden las notas, continua en La mayor. Repite la estructura bajando una octava, una, dos, tres veces.
-¿Por qué, por qué este vacío? ¿Por qué poeta solitario?- se interroga el horador.
-Tal vez sea la lección que debas aprender, todo pasa por algo.-espeta sin pensárselo el piano.
-No lo creo.-contesta el horador, sin preocuparse excesivamente por la novedad de estar hablando con un piano-Sencillamente estoy aquí, solo, vacío, pero dudo que pertenezca a un plan preestablecido.
-Tienes que aprender a estar solo porque, aunque lleves así toda la vida, nunca has aprendido nada. Hasta que no asimiles la lección no pasarás de curso, en una dialéctica que entiendas, antiguo profesor.
-No.-renegaba el horador- Buscar razones, causas externas es absurdo, estoy vencido porque estoy vencido, ha surgido así. Si aprendo algo de ello es porque yo quiero, no hay dios, destino ni karma que me traiga por estos derroteros. Es otra vez nuestro ansia de clasificar, de ordenar, de explicar lo que no tiene explicación, relaciones causa-efecto falaces para darle un sentido al desconcierto. No lo tiene. Lo demás es egocéntrico y peligroso.
-De acuerdo, como quieras. Tú sabrás.
Así habló el Piano.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Sin prisa

Déjame enamorarme de ti
sin aspirarte
déjame hacerte feliz
sin aspavientos
déjate conocer profundo
sin desnudarte
déjame mirar tus ojos
sin poseerte
déjame clavar mi abrazo
en tu sonrisa
déjate mimar por mí
y sé mi musa.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El orador horadado (Capítulo 10º)


-¿Quiere usted el desayuno?-preguntó María Cobarde
-El imperialismo es lo que tiene, que nos roba las paredes. –continuaba el orador, sin prestar atención, imbuido en su discurso.
María Cobarde se afana en limpiar el óxido que roía las ventanas.
El reloj está parado sobre una mesa de despacho, un dragón en la ventana, parpadea la criada. El mitológico reptil grita con fuerza, María Cobarde duda, no hay altura suficiente. Escupe en la taza de café del orador, y arrepentida la empuja hacia el vacío.
-En seguida lo recojo. Puedo prepararle otro si quiere.
El orador contesta a su manera, con un leve gesto de cabeza.
No sabe qué le pasa, quizás está cansada, sintió ganas de tirarse, continúa trabajando, de altanera a cabizbaja. El río fluye más abajo, se escuchan los ecos de los ensayos de la banda.
Ahora cesan los acordes, tal vez se dieron cuenta de que pudo haber un muerto, pero no encontró las ganas.
La mañana prosigue su paso, los pájaros revolotean sobre las copas de los álamos del paseo fluvial. Una criada desesperada, que aún ama al orador, con tendencias suicidas, que no se decide, por cobardía, a acabar de una vez por todas con su dolor, con todo, es menos pusilánime que el orador, cobarde entre los cobardes, que no se atreve a admitir cuánto la ama.
Los vencejos estivales habían cedido ya el testigo a las aves nivales, los córvidos, urracas y cornejas que graznaban con desgana. María Cobarde sentía envidia de los árboles, que iba desnudando el viento, e imaginaba al orador desabrochando las hojas de su blusa. Una leve desidia era lo que le devolvía la realidad. El orador jamás se atrevería siquiera a fantasear con ella, caminaba por la vida como un fantoche santurrón, miraba a las mujeres como a delicados ornamentos inmaculados, a los que no se permitía desear. Todo podía ser perfecto entre ellos, mas la cobardía les estaba cocinando la renuncia. Si hubieran luchado mínimamente, si hubieran traspasado la última frontera, habrían llegado a ser felices.

La urraca pica en su cuarzo rosa, María Cobarde se corta las uñas, el tiempo pasa despacio, las doce y veinticinco en el reloj del campanario.
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