miércoles, 1 de diciembre de 2010

El orador horadado (Capítulo 10º)


-¿Quiere usted el desayuno?-preguntó María Cobarde
-El imperialismo es lo que tiene, que nos roba las paredes. –continuaba el orador, sin prestar atención, imbuido en su discurso.
María Cobarde se afana en limpiar el óxido que roía las ventanas.
El reloj está parado sobre una mesa de despacho, un dragón en la ventana, parpadea la criada. El mitológico reptil grita con fuerza, María Cobarde duda, no hay altura suficiente. Escupe en la taza de café del orador, y arrepentida la empuja hacia el vacío.
-En seguida lo recojo. Puedo prepararle otro si quiere.
El orador contesta a su manera, con un leve gesto de cabeza.
No sabe qué le pasa, quizás está cansada, sintió ganas de tirarse, continúa trabajando, de altanera a cabizbaja. El río fluye más abajo, se escuchan los ecos de los ensayos de la banda.
Ahora cesan los acordes, tal vez se dieron cuenta de que pudo haber un muerto, pero no encontró las ganas.
La mañana prosigue su paso, los pájaros revolotean sobre las copas de los álamos del paseo fluvial. Una criada desesperada, que aún ama al orador, con tendencias suicidas, que no se decide, por cobardía, a acabar de una vez por todas con su dolor, con todo, es menos pusilánime que el orador, cobarde entre los cobardes, que no se atreve a admitir cuánto la ama.
Los vencejos estivales habían cedido ya el testigo a las aves nivales, los córvidos, urracas y cornejas que graznaban con desgana. María Cobarde sentía envidia de los árboles, que iba desnudando el viento, e imaginaba al orador desabrochando las hojas de su blusa. Una leve desidia era lo que le devolvía la realidad. El orador jamás se atrevería siquiera a fantasear con ella, caminaba por la vida como un fantoche santurrón, miraba a las mujeres como a delicados ornamentos inmaculados, a los que no se permitía desear. Todo podía ser perfecto entre ellos, mas la cobardía les estaba cocinando la renuncia. Si hubieran luchado mínimamente, si hubieran traspasado la última frontera, habrían llegado a ser felices.

La urraca pica en su cuarzo rosa, María Cobarde se corta las uñas, el tiempo pasa despacio, las doce y veinticinco en el reloj del campanario.

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