miércoles, 17 de noviembre de 2010

El orador horadado (Capítulo 7º)



 
El horador  se dispone a hacer la cama. A buenas horas mangas verdes, podrá reprocharle más de uno. No se dan cuenta de lo difícil que ha sido para él este día. Hay gente que no tiene consideración con los que sufren la vacuidad. 
No es lo normal. Cualquier otro día el horador se presta diligente a las tareas cotidianas. Qué remedio le queda, tiene que convencerse a sí mismo, y por ende a los demás, de que no extraña a su criada, perdón, a su asistenta en las labores del hogar, no vayamos a caer en la vulgaridad del término tabú, teniendo recursos eufemísticos de sobra.
El horador no puede permitirse ese lujo. Extrañar a la criada, y vuelta la burra al trigo, de la que cometió el error de enamorarse, sería un nuevo error, el error herrado. Y ya está bien de redundancias. Bastante tiene el horador con aguantar sus horificios, para ahora tener que maniatar sus herrores, a ver quién es el guapo, acomodarlos en el potro y, pata por pata, colocar las herraduras, sin llevarse alguna coz.
 El horador tampoco cree en la lógica matemática que dice que menos por menos es más. Estamos hablando, por supuesto, del caso de los exponentes pares, no vayamos a desvirtuar el álgebra que tantos siglos tardó en establecerse como lógica incuestionable, que, a estas alturas, Boole ya debe de estar revolviéndose en su tumba.
El horador duda, pues, de que un error herrado se convierta en un acierto, de que la nostalgia por María Cobarde, la criada, nada que no hay manera, se convierta en su tabla de salvación. Sin embargo, quizás, la única que le amarre a ser humano. El cabo de esa soga se deshilacha cada día, el puente colgante se tambalea y amenaza con romperse. Gracias a su recuerdo, aunque él lo niegue, sigue atado a la vida.


NOTA:  La imagen que acompaña esta entrada ha sido tomada prestada. El viernes pasado mi querido cochecito no quiso arrancar por lo que esta semana me quedé sin ver mi sierra, sin mis paseos por el campo y sin mis macrolepiotas, parasoles o cucurriles, según la zona. Gracias Paqui, aunque nunca las leerás, por ese plato de cucurriles sanabreses que me pusiste el lunes para sacarme la espinita. En fin que en cuanto disponga de nuevo de mi vehículo automovil me acercaré por las tierras de Fuentebuena, pedanía bejarana, a fotografiar el ancestral potro de herrar allí enclavado y, por supuesto, resubiré la entrada.

NOTA 2: Ahora sí, este es el potro de Fuentebuena

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